Por: María Fernanda Núñez Vizcaino
Me gustaría contarles esta historia justo desde el inicio, pero siendo sincera, no sé cuándo
empezó. Fue tan sútil, tan silenciosa que no sentí cuando llegó. Me parecía normal: problemas en
el trabajo, el imbécil de mi jefe, solo un mal día, me decía un y otra vez. No es para tanto, mañana
me sentiré mejor. Y sí, mañana llegaba y era un gran día y así avanzaba yo. Y detrás, ella,
acelerando cada vez más el paso… Luego llegó la tormenta de pensamientos, lo llamo así porque
me ahogaban, no cesaban de ninguna manera y me mantenían despierta en las noches: «¿Cómo es posible que no avances?» «A tu edad y con tus privilegios tendrías que haber logrado más», «nunca serás suficiente» y así, un bucle infinito de pensamientos sobre lo fracasada que era, pero yo seguía diciéndome que era normal. Seguro a todos les pasa pero mejor no lo comento con nadie ¡Qué horror quedar como la rara! Y busqué una solución: una pastilla para dormir y es todo. Y volvía a despertar, un poco irritable pero sonreía, y continuaba la rutina. Me reunía con mis amigos y los sentimientos que me embargaban en las noches quedaban relegados. Hasta que volvía sola a mi casa y volvía a atormentarme. Sabía que debía hablar con alguien pero ¿Con quién? Yo soy la fuerte, la que siempre sonríe, la siempre está bien, no quiero que me vean de forma débil, a nadie le gusta los débiles, perderé a los que quiero, mejor no pensemos más en eso.
Y así fue como casi sin darme cuenta, empecé a fingir que era feliz. Todo era ensayado, cuando
reír, cuando hablar y eso sí, SIEMPRE estar presente para quien lo necesite, qué miedo que alguien
pudiera sentirse como yo y no ayudarlo. Fue pasando el tiempo y ya no sabía qué era felicidad,
nada mi animaba pero entre menos feliz me sintiera, más quería aparentar serlo. Mi vida
continuaba y ella a la sombra, acechándome y yo sin poder verla, porque no lo aceptaba. A mí no me podía pasar, teniendo todo lo que tengo, rodeada de tanta gente que me quiere, eso son tonterías, a mí no me pasaba. Pero mientras seguía negándome, me acecharon las culpas, las noches despierta, llorando desconsolada sin motivo aparente, la sensación de insuficiencia, la presión en el pecho, el dolor en el alma, las preguntas sin respuestas. La mortificación con mis pensamientos y sin embargo, cada nueva mañana me levantaba y me aferraba a algo para continuar el día, no quería darme cuenta que ella me había alcanzado y superado, que estaba adentro. Y un día ya no encontré un motivo para levantarme. Me di cuenta que no valía la pena, que mi vida no significaba nada, que morir era mejor que vivir de esta forma. Me pesaba el cuerpo, me dolía el alma, quería sentirme bien, era todo lo que quería, estaba harta de fingir y aunque trataba mil veces de contarle a alguien lo que sentía, las palabras se quedaban atascadas en mi garganta, rogando por pedir ayuda y ahí murieron. Ya no me importa nada y Entonces empecé a fingir sentirme enferma físicamente, cualquier cosa es mejor que aceptar que la tengo a ella en mi vida. Hasta que una noche de tantas en las que pasaba en vela, llorando, suplicando por ayuda, la vi en mi cama, acostada a mi lado, mirándome fijamente. Me asusté porque nunca la había visto de frente y con su mirada me prometió el consuelo que yo tanto necesitaba. Cerré los ojos y pedí perdón por rendirme, deseé haber sido más valiente y pedir ayuda pero ya era demasiado tarde. Me resigné y me fui a sus brazos, finalmente sucumbí a sus garras, le dije mi nombre y antes de llevarme, me dijo: Yo me llamo depresión.
Nota: Los escritos publicados en el blog no fueron modificados ni cuentan con observaciones editoriales. Las opiniones, visiones y sentimientos expresados en los escritos corresponden a sus creadores y no representan ni comprometen a la Fundación Macondo Libre